26 enero, 2009

Vidas ejemplares


Hace unos años participé en un coloquio sobre la violencia y una psicóloga con la que compartía mesa nos explicó una curiosa anécdota. En la sala de espera de su consulta estaba una madre con su hijo pequeño, un torbellino incapaz de permanecer quieto ni un instante, y al que se le había escapado la mano con otros niños que estaban en aquel lugar. La madre, con toda su buena intención, le reprendía con unas suaves palmaditas en las manos al tiempo que decía de viva voz que los niños no debían pegar. La psicóloga nos contaba que en aquel mismo instante el niño recibía dos mensajes contradictorios: el primero se trasmitía oralmente, volátil como todas las palabras. El segundo de los mensajes era el propio ejemplo de la madre, que legitimaba con la realidad de sus acciones aquello mismo que pretendía corregir. Hoy ya no se llevan las vidas de santos y el género hagiográfico está en desuso. Ni siquiera en las avalanchas de fascículos se ven reediciones de vidas ejemplares que nos sirvan de modelo. En cambio, se extienden los casos de quienes ostentan altas responsabilidades, predican una cosa y hacen la contraria. No es difícil encontrar a médicos que desaconsejan fumar con un cigarrillo entre los dedos, guardianes de las libertades que espían en sus ratos libres a sus compañeros de partido, e incluso responsables policiales, de los que publicaban folletos para que circuláramos correctamente por las rotondas, optando por el camino más corto entre dos puntos. Ahí no deberíamos ser iguales, porque hay cargos a los que hay que exigir una escrupulosa vida ejemplar más allá de las palabras. 


Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 26 de enero de 2009.

8 comentarios:

Los viajes que no hice dijo...

Pero qué perra con el tabaco, oye.

(¿Vidas ejemplares? ¿Quién tiene una vida ejemplar?).

Puntos de vista y ... nada más dijo...

De perra nada, bonita.

Ahí te dejo la columna que publica JR Alonso de la Torre y que yo no me atrevo a publicar en términos parecidos.

Para perra la que tiene la gente con sus malos humos, pero no digo nada.


UN PAÍS DE COLILLAS

Extremadura es un país lleno de colillas donde la ropa huele a humo. Es decir, Extremadura es un país antiguo. Hace ahora dos años entró en vigor una ley que se llamó antitabaco, pero que se ha revelado lampedusiana: todo sigue igual, aunque la ley diga que las cosas han cambiado. Es mentira: sigue siendo imposible beber un café, cenar, tomar una copa o esperar el autobús urbano en un espacio libre de humo. El fumador no es capaz de anteponer el interés general a su interés particular. Entiende que no se puede fumar por un capricho del Estado, no porque haya una parte de la ciudadanía que quiere ejercer su derecho a no respirar humo. La libertad de los no fumadores para disfrutar del espacio público es en cualquier país civilizado un argumento que no admite contestación. En España no es así porque triunfa la idea de que la libertad consiste en fumar. Los fumadores defienden algo que casi todos ellos quieren abandonar, es decir, pretenden que los no fumadores traguen el humo que ellos desearían no tragar algún día. Quien no fuma tiene derecho a la salud y la ley antitabaco debería defender ese derecho. En Italia o en Alemania lo hace: no se puede fumar en ningún espacio público. En España, la ley es un pitorreo. En dos años, se han impuesto 400 sanciones y en Extremadura se han presentado 48 denuncias. O sea, nada. España ha renunciado a la pedagogía de la multa porque multar no es progre. Por eso, los españoles hacemos en la calle lo que no hacemos en casa: pintamos las paredes, cagan nuestros perros, chillamos, tiramos papeles, fumamos aunque molestemos...

Luís Leal Pinto dijo...

Es como dices, tenemos que exigir una escrupulosa vida ejemplar más allá de las palabras, si no tiene sentido la lógica "haz lo que te digo y no lo que yo hago".
Cuanto al humo y los derechos de quién fuma, Alonso de la Torre es sintético pero incisivo. En mi instituto hay gente que fuma en el váter, peor que los niños, lo que me molesta muchísimo (no basta oler la caca, inevitable pero natural, que también tengo que quedarme con el olor en la ropa todo el día, ¡perdona la referencia escatológica!), y nadie tiene coraje de decírselo en un claustro. Es una poca vergüenza y una falta de respeto por sus compañeros... en fin son las reglas que tenemos y nadie las cumple.
¿Qué moral tiene uno para decir a un muchacho que no puede fumar en el insti?

Los viajes que no hice dijo...

También aguantamos a borrachos en los bares y a nadie se le ocurre prohibir el alcohol. Qué cosas, oyes. Y es la única droga que impele a conductas violentas...

Pero de esto se podría debatir tanto tanto... con un cigarrito y un café :P

Amigo de la Dialéctica dijo...

Hola Javier:

Suscribo ese hacer coincidir las palabras con las prácticas de conducta. Además, según estudios científicos el 80 por 100 de todo lo que comunicamos es a través de nuestra expresión no verbal. Acertadísimo por tanto el post.

Sobre el tema del tabaco también opino de tu misma manera. Extremadura huele a humo. Difícil está aquí también dar ejemplo a los niños y jóvenes para que no fumen cuando todo el mundo fuma.

Recibe un abrazote amigo.

Puntos de vista y ... nada más dijo...

Los viajes, cuando bebo no salpico, cuando fumas me trago tu humo siempre. Pero sé que contigo es imposible. Lo dejo aquí.

Sara dijo...

Javier,
De acuerdísimo con tu columna, no se puede predicar una cosa y hacer la contraria, y los cargos públicos tienen más obligación que ninguno porque son el referente para muchos.
En relación con el tabaco, yo soy ex fumadora, e imagino que, por eso, mi opinión no valdrá para muchos. Cuando yo fumaba estaba permitido echar el humo y apestar a tu compañero de oficina. Te juro que ahora me cortaría las venas si en la redacción se formase la humareda que había entonces, pero la culpa de que la Ley no se cumpla es de un gobierno que hizo una ley blanda y poco valiente. Una ley que permite que la mayoría de los bares, por no decir todos, de Extremadura sean unos fumaderos donde no se puede entrar con niños pequeños. Y también tenemos la culpa nosotros por no denunciar.
El colmo de los colmos, cuando se te queda cara de imbécil y te anulas como una boba, lo viví hace un mes apenas en un área de servicio que está al lado de los túneles de Miravete. Entramos en el bar y, entre una nube de humo espesa, leímos que estabámos en el área de NO FUMADORES. Había un pequeño espacio acristalado para fumadores que estaba vacío mientras todos estaban pegados a la barra. Le pregunté al camarero y me dijo que no pasaba nada, que se podía fumar donde se quisiera. Aparece una pareja de la Guardia Civil y les pregunto si les parece normal y me contestan que ellos no pueden hacer nada...
¿Entonces quién se hace cargo de que se cumpla la ley?
Arg, he escrito demasiado, pero me parece vergonzoso.
Besos,
S.

Los viajes que no hice dijo...

Prometo fumar menos cuando nos veamos...

Jo.