07 marzo, 2011

Tono jocoso

Hace unos meses escuché una entrevista en la radio a una alta personalidad de la Audiencia Nacional. La locutora y sus ayudantes reían el gracejo y aire campechano de la invitada, que había tenido unas cuantas salidas de tono durante un juicio y que había copado periódicos y televisiones. Como era de esperar, el juicio acabó por ser anulado debido a la parcialidad mostrada con su especial sentido del humor. Casi me había olvidado de esa afición española por el tono jocoso y el doble sentido facilón, cuando empiezo a ver la repercusión de unas declaraciones del alcalde de Badajoz sobre los palomos cojos. Como quiera que ya han pasado unos cuantos días y que ha pedido perdón públicamente, quizá sea mejor no hacer leña del árbol caído. De hecho, también me han parecido muy desafortunadas otras declaraciones, de las que no he oído disculpas, en la que decía que en Badajoz nos recogemos siempre muy tarde menos las mujeres, que se van una hora antes para hacernos la comida. Sin comentarios. La cuestión es que el chascarrillo se ha convertido en un plus de popularidad en una sociedad en la que dos folios es un texto largo y un razonamiento complejo es considerado una tortura. Nada habría de malo si el tono jocoso y desenfadado se guardara solo para los momentos oportunos. El problema es que tras muchas gracietas se esconden puntos de vistas un tanto vergonzantes e impropios de un tiempo en el que el machismo y la denigración del diferente deberían haber desaparecido hasta de las bromas. Nada hay más sano que conjugar el verbo reír con los demás, ni nada más cruel que reírse de los que sufren discriminación. 

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 7 de marzo de 2011.

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