20 enero, 2014

Barrios


Como a Serrat, a mí también me privan más los barrios que el centro de la ciudad. Así que en cuanto pude me fui a vivir a uno de gente sencilla, trabajadora y quizá demasiado apática antes muchas situaciones injustas. Hubo un tiempo, a finales de los años 70, en el que las asociaciones de vecinos sí que aprovecharon las ansias de participación democrática. Aquello se vino abajo tras las elecciones locales de 1983, cuando alguien pensó que el movimiento vecinal podía ser un estorbo y convirtió a la inmensa mayoría de las asociaciones en meras gestoras de la verbena anual y de un local para actividades diversas. Cuando en 1995 hubo un nuevo vuelco electoral en los municipios, aquellos mismos que habían matado al movimiento vecinal quisieron resucitarlo, pero ya era demasiado tarde.

Muchos se habían olvidado de que los barrios existen y están habitados por personas que tienen problemas. Quizá por eso se ponen a gobernar y a tomar decisiones desde los despachos, sin pisar la calle, sin estudiar cuáles son las necesidades reales y sin consultar qué es lo imprescindible para sus vidas. Menos mal que surgen, de vez en cuando, levantamientos populares como los del barrio de Gamonal en Burgos, con unas reivindicaciones tan simples como la de evitar obras costosas y faraónicas. Cuando me explicaron el proyecto que pretenden construir en Gamonal tuve que acordarme de otro Barrio, la película de Fernando León de Aranoa en la que unos chavales de la periferia madrileña recibían como premio una inútil moto acuática. Ojalá sea la rebeldía de los barrios la que empiece a poner cordura ante los despropósitos.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 20 de enero de 2014.

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