15 julio, 2015

El fin de la democracia



En las clases de Cultura Clásica, una asignatura que no sé si subsistirá a la última reforma, se les comentaba a los adolescentes que la democracia tenía su origen en Grecia y que el vocablo provenía de dos palabras que significaban pueblo y gobierno. Si en el próximo plan de estudios la asignatura pasara a denominarse Cultura Postcontemporánea, por poner un ejemplo, podría afirmarse también que es en aquel país donde la opinión del pueblo soberano pasó a convertirse, sin ningún pudor, en la nada más absoluta frente a la fuerza de los verdaderos poderosos.

Nada nuevo ha ocurrido en las dos últimas semanas que no supiéramos. Éramos conscientes de que los gobiernos que votamos los ciudadanos, los representantes que ponemos en nuestros parlamentos, tienen muy limitadas sus posibilidades de acción porque están en manos de poderosos grupos de interés que jamás se presentan a las elecciones, pero que son quienes realmente deciden qué se hace , a quién se beneficia con las leyes y a quién se perjudica con unas medidas u otras (generalmente a los mismos de siempre). Los entresijos que nos llegan de las conversaciones en Bruselas hablan de humillación a un pueblo, y personas tan poco sospechosas de radicalidad como Krugman o Stiglitz, premiados con el Nobel de Economía, consideran poco menos que inhumano someter a los más desfavorecidos de Grecia a nuevas penalidades.

Ya habrá quien analice pormenorizadamente la situación en la que vive el euro y la economía europea, porque la microeconomía de los ciudadanos griegos no se analiza casi nunca en las páginas de color salmón. Así que podría ser mucho más interesante pararnos a pensar qué nos queda de soberanía democrática en los estados del sur de Europa más allá de lo meramente formal. Podemos votar, podemos convocar un referéndum, podemos incluso ganarlo para mostrar que tenemos algo llamado dignidad y, finalmente, nos pueden dar un golpe de estado sin tanques, que es como se dan en la Europa del siglo XXI. Cuando uno repasa el sufrimiento del pueblo griego ante la ocupación alemana entre 1941 y 1944, no puede dejar de pensar cuán injusto está siendo el gobierno de Merkel  y sus socios del SPD con un pueblo que le perdonó en 1953 la deuda por los destrozos causados.

El modelo de Europa está en peligro y nos están señalando a Tsipras como culpable, cuando no es más que testigo de una situación que no ha creado en los seis meses que lleva gobernando. La cuestión es mucho más grave: si Alemania, con el apoyo vergonzante de Francia, pueden imponer desde un despacho lo que cada país de la Unión debe hacer con las pensiones o con los servicios públicos, es necesario que nos lo planteen abiertamente a la ciudadanía europea. Pero más urgente aún es desvelar quién se esconde y se beneficia en los llamados mercados del sufrimiento de los jubilados y niños de Grecia. Solo así evitaremos el principio del fin de la democracia.

Publicado en el diario HOY el 15 de julio de 2015.


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