23 septiembre, 2015

Libre te quiero

Agustín García Calvo, además de ser un catedrático de latín represaliado por el franquismo y un librepensador en el más amplio sentido de la palabra, fue también un poeta de quien casi todo el mundo recuerda unos versos, aquellos a los que puso música Amancio Prada y que comienzan con el título de esta columna.  La libertad, que aparece varias veces nombrada en dicho poema, es uno de esos conceptos que acumula igual número de adeptos que detractores. La cuestión es que el término ha empezado a perder fuerza semántica si se usa de forma generalizada y nos hemos acostumbrado a completarlo con preposiciones y sintagmas: de expresión, de culto, de mercados o de tránsito. Son pocos los que se definen abiertamente como partidarios de la libertad sin apellidos, y es muy frecuente que quien respalda que las mercancías circulen por el mundo sin aranceles, sea el mismo que defiende las vallas de concertinas para que no nos vengan seres humanos pobres.

En el mundo de la geopolítica, las naciones o los territorios la libertad es un bien que tiende a repartirse con magnanimidad para uno mismo y con cicatería para los que no piensan como nosotros. Lo que vemos normal en un sitio nos parece una barbaridad en otro, la sagrada integridad territorial la consideramos fundamental en un lugar y monstruosa en los Balcanes de los años 90, las consultas populares nos parecen legítimas y democráticas en Escocia, o convertirse en casi un delito dos mil kilómetros más al sur. Y sí, ya sabemos que no todo es lo mismo, que las circunstancias históricas son distintas, que las leyes son diferentes y que no se pueden mezclar churras con merinas, pero conviene repensar qué mecanismo nos hace ser más o menos comprensivos con la detención de un político dependiendo de si la cárcel está en Caracas o Arabia Saudí.


Ser imparcial o equidistante en algunos temas de actualidad es realmente difícil: llevamos más de diez años hablando, casi sin parar, de la manera de encajar a Cataluña con el resto de las Españas. Y no salimos del bucle y volvemos a encontrarnos con una tensión que se viene repitiendo desde hace siglos, de manera intermitente, y que no acabamos de resolver definitivamente. Algunos estamos deseando que se solvente de la manera más civilizada posible, como lo han hecho los ciudadanos de Quebec en Canadá o los escoceses hace apenas un año, pero hay quien considera que la mejor manera para que los catalanes quieran seguir compartiendo el mismo Estado es mostrando una inflexibilidad para el diálogo y una firmeza inquebrantable de las normas.


Es bastante probable que el domingo la victoria sea pírrica para todo el mundo y, en cualquier caso, uno se plantea si tiene mucho futuro una relación en la que uno quiere marcharse y el otro no deja que se vaya. En estos asuntos hay quienes seguimos a García Calvo: libre te quiero… pero no mía.

Publicado en el diario HOY el 23 de septiembre de 2015.


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