10 febrero, 2016

Distracción y robo




Hace unos años vi un programa de televisión en el que desvelaban los métodos de carteristas y ladrones de poca monta para lograr su cometido. Había quien pensaba que dichas emisiones podían impulsar a los amigos de lo ajeno a salir a la calle con técnicas novedosas, pero otros pensábamos que era mejor conocer el modus operandi de los rateros para ser precavidos y defendernos de ellos. El caso es que un elemento clave para que te roben y se te quede cara de tonto es la distracción, ya sea mediante un leve toque en el hombro izquierdo para levantarte la cartera del bolsillo derecho, o una simulada discusión en un vagón de metro mientras las compinches hurgan y desvalijan en los bolsos.

Que estábamos rodeados de ladrones lo sabíamos desde hace mucho tiempo. Solo así podía explicarse el ritmo de vida y lujo que llevaban los familiares del jefe de Estado, algunos presidentes de comunidades autónomas y diputaciones provinciales, o alcaldes y concejales variopintos en estrecha relación con empresas adjudicatarias de obra pública y servicios privatizados. Alguna de las conversaciones telefónicas grabadas que estamos escuchando estos días no datan de hace mucho tiempo, de antes de que estallara la gran burbuja de la corrupción, sino que tienen apenas unos meses. Cuando nos reponen las imágenes de plazas de la Comunidad Valenciana aclamando a los que hoy conocemos como corruptos confesos, y escuchamos de nuevo las alabanzas de sus jefes llegados desde Madrid, uno se pregunta cómo es posible que algunos partidos logren mantenerse electoralmente y no hayan sucumbido como la Democracia Cristiana de Andreotti en los años 90.

Pues sí: nos vuelven a distraer y nos vuelven a robar. Y además sin necesidad de mancharse las manos. Aguirre, cuyos más estrechos colaboradores están implicados (y en algún caso encarcelados) en tramas como la Gürtel o Púnica, se atrevía ayer a pedir la dimisión del gobierno de Manuela Carmena a cuenta de un teatrillo de guiñol que no era para niños y que se anunció como recomendado para todos los públicos. De nada sirvió que los propios actores advirtieran a los padres de la circunstancia, porque llevan cinco días en la cárcel acusados de enaltecer el terrorismo, y una buena parte de la sociedad más reaccionaria de este país sigue sin distinguir entre el atrezzo de una obra de ficción y un grave delito.


Cuando he conocido las circunstancias que han rodeado la detención de estos actores, el error cometido en la programación de la obra y la reacción de los medios más apegados al poder político y económico conservador, me he dado cuenta de que Alfonso y Raúl están siendo la distracción que necesitan quienes pretenden seguir limpiándonos los bolsos y bolsillos. Y en parte lo han conseguido: aunque no tardarán las organizaciones internacionales de Derechos Humanos en avergonzar a España por tener presos de conciencia, se ha logrado desviar el foco del escándalo y ya nadie recuerda que a Rus lo quería mucho Mariano Rajoy.

Publicado en el diario HOY el 10 de febrero de 2016

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