16 noviembre, 2016

Intentar ser libres

Amanecía el viernes y me enteraba de la muerte de Leonard Cohen. No pude reprimir las lágrimas porque sentí que se iba uno de los autores de la banda sonora de mi vida y, en un instante, fui recordando el día que supe de su existencia, cuando empecé a escucharlo de forma obsesiva, las tardes en que escogía su canción en la máquina de discos del bar Amador de Cáceres, el concierto fallido en Badajoz o aquel día de julio en que lo vi junto la desembocadura del Tajo, con una luna casi tan grande como la de anteayer.

Una de las más conocidas canciones de Cohen termina en un verso en el que dice que ha intentado, a su manera, ser libre. Y Leonard se nos va en la misma semana en la que las libertades se ven ensombrecidas por un eclipse llamado Trump, que no sabemos si será fugaz o traerá una época oscura, si desenfundará a la primera de cambio o se olvidará de hacer un muro que conjugue todos los males de los de Berlín, Jerusalén y Melilla.

Llevamos una semana leyendo todo tipo de explicaciones y de comparaciones para el triunfo del magnate estadounidense. Algunas de ellas pecan de una simplicidad preocupante y otras aprovechan interesadamente el menor resquicio para equiparar a los enemigos más cercanos con el peor de los demonios, sin importarles lo más mínimo que no haya nada que sostenga la argumentación. Lo que sí nos debiera hacer reflexionar es el desapego de grandes sectores de la población por las libertades individuales en aras de una seguridad que, dicho sea de paso, tampoco está garantizada. Como en los albores del XIX, cada vez hay más partidarios del “vivan las caenas”, gentes que temen aquello que desconocen y que tampoco quieren conocerlo para liberarse de sus miedos, capas de población que buscan soluciones simples y expeditivas a problemas complejos, ya sea expulsar a millones de inmigrantes o devolver a millares de refugiados.

Pero además de las grandes libertades perdidas o en peligro, deberíamos pararnos un minuto en aquellas que, aunque parezcan pequeñas, son tremendamente significativas: el pasado 25 de octubre se juntaron en una plaza extremeña un centenar de estudiantes y varios profesores de filosofía, formando un círculo como si fuera el ágora de la antigua Grecia, y acabaron siendo hostigados por las autoridades. Ni interrumpían el tráfico, ni provocaban más decibelios que las motos y coches que pasaban por allí. Muchos de los estudiantes eran incluso menores de edad y no acertaban a entender por qué una conversación colectiva tras una lección de filosofía pudiera acabar con agentes del orden tomando datos de sus documentos de identidad, como en otras épocas. Si todavía no se ha entendido en qué consiste la libertad de expresión es porque quizá tengamos inoculado ese virus totalitario que nos va rodeando. El esfuerzo de intentar ser libres, como un pájaro sobre el alambre, se está complicando por momentos. Habrá que reconquistar Manhattan.

Publicado en el diario HOY el 16 de noviembre de 2016.

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