02 noviembre, 2016

Proteger a nuestros representantes

El pasado sábado un millar de policías vigilaban los alrededores del Congreso de los Diputados mientras se investía como presidente a Mariano Rajoy. Los gobernantes han ido endureciendo cada vez más el derecho de manifestación y entienden que el pueblo llano no puede expresar su opinión en las cercanías del templo de la democracia, del lugar sagrado en el que trabajan, debate, dirimen y aprueban las normas por las que nos hemos de regir.

Las razones esgrimidas para coartar ese derecho constitucional es la de proteger a nuestros representantes de las presiones y evitar que sean coaccionados a la hora de emitir su voto. Pero, visto lo ocurrido, uno tiene la sensación de que nadie de los que estaban en la Carrera del San Jerónimo cambió el sentido de su voto por los gritos y pancartas que se estuvieran dando y exhibiendo en la Puerta del Sol o en las calles adyacentes.

Sí que hubo, sin embargo, unas cuantas diputadas que antepusieron la coletilla “por imperativo” antes de emitir su voto y pronunciar la palabra “abstención”, produciéndose la paradoja de que, mientras que la Constitución impide un mandato imperativo a diputadas y senadores, los reglamentos de los grupos parlamentarios establecen multas y sanciones a quienes se saltan la llamada disciplina de voto, un ejemplo más de ordenanzas chusqueras que acaban por dejar en papel mojado las leyes y los derechos más grandilocuentes. 

Por si no estuviera el asunto lo suficientemente enrevesado, el domingo tenemos a Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole, haciendo unas declaraciones en las que afirma que los poderes fácticos le impidieron formar un gobierno que desalojara de los ministerios al partido que está siendo juzgado por varios escándalos de corrupción. Y es entonces cuando uno empieza pensar que quizá el ministro Fernández Díaz se equivocó poniendo ese millar de antidisturbios junto al Congreso, porque si había que proteger a nuestros representantes de posibles chantajes, presiones y coacciones los debería haber mandado a importantes despachos enmoquetados de la zona alta del Paseo de la Castellana.

Hace unos días, en una discusión en redes sociales sobre la utilidad de manifestarse por reivindicaciones justas como la de un ferrocarril digno para Extremadura, hubo quien se atrevía a despreciar a los que salen a la calle y afirmaba que “el tren no se negocia en la calle clamando bajo el cielo, se negocia en los despachos oficiales”. Y no le falta parte de razón a quien escribía esto, porque en España conocer a alguien en un buen despacho es la vía más rápida para conseguir cualquier cosa, incluso la más injusta. Ahora que Pedro Sánchez nos ha contado cómo se las gastan los poderosos para retorcer el brazo de nuestros representantes me empiezo a convencer de que quienes protestan pacíficamente y a cara descubierta son infinitamente más demócratas y de fiar que los que urden golpes de mano e imponen un poder que, dicho sea de paso, no parece que emane del pueblo.

Publicado en HOY el 2 de noviembre de 2016.

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