23 enero, 2019

Cuando no se tiene ni nombre


No he seguido el despliegue de medios para intentar hallar al pequeño Julen y, mientras escribo estas palabras, continuamos sin tener noticias de él. La vida está llena de episodios trágicos que hacen dudar de la fe a quienes la tienen y que nos refuerza en la idea de que ningún ser superior todopoderoso y bondadoso puede existir y permanecer como espectador ante desgracias de tal calibre.



UniMilano: Cristina Cattaneo wins the 2017 Adelaide MedalCristina Cattaneo tiene nombre, apellido y profesión. No sabía nada de ella la semana pasada y ahora sé que es médico forense y antropóloga de un laboratorio de Milán.  Tuvo que realizar autopsias a los inmigrantes que naufragaron en abril de 2015 entre Túnez y Sicilia, el mismo mar que surcó Eneas para encontrarse y desencontrarse con Dido, y donde más de mil personas perdieron la vida en aquellos días.



Cristina lleva casi seis años intentando dar una identidad a quienes se han ahogado en estas aguas. No es tarea fácil y cualquier pista sirve, desde números de teléfonos apuntados en un papel a fotos de familiares, como esas que en las películas de guerra muestra el soldado en la trinchera poco antes de ser abatido. La forense encontró entre las ropas de un chico de 14 años un boletín escolar escrito en árabe y francés y con las notas de matemáticas y ciencias físicas.



No cabe duda de que este chico quería llegar a Europa para sobrevivir. Y también era consciente de que cualquier papel que acreditase lo que había estudiado y aprendido le iba a servir para encontrar un trabajo mejor con el que enviar dinero a casa. Todo quedó en papel mojado, en el más amplio sentido del término, y es probable que nunca sepamos si este adolescente se llamaba Moussa o Souleymane. Gente como él tendrá que venir a trabajar para que en el futuro podamos seguir manteniendo la pirámide poblacional que sustente nuestras pensiones y un estado de bienestar cada vez más precario.



La forense italiana se preguntaba por qué hay centenares de especialistas que acuden a reconocer los cadáveres de víctimas blancas en un accidente aéreo y por qué no se hace lo mismo con los náufragos de piel oscura. Si esas preguntas no tienen una respuesta humanamente decente, qué podríamos decir de las propuestas que abogan por impedir la labor de barcos como los de Open Arms. Estamos atravesando la frontera más bárbara que jamás podíamos haber imaginado y en pocos años hemos conseguido que el delito de negación de auxilio a quien está muriéndose se vuelva como un boomerang. Ahora hay que dar explicaciones de por qué estás salvando la vida de quienes se ahogan en el mar.



El desafío para la nueva década del XXI que asoma a la puerta, y que quizá no podamos llamar de los felices 20, es que todas las personas tengan la dignidad que la Declaración Universal de los DDHH nos garantiza. Pero mal vamos cuando no se tiene ni nombre.

Publicado en el diario HOY el 23 de enero de 2019.


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