Hijas de la educación pública

Escuché hace unos días una entrevista de Mara Torres a Javier Gómez Santander, uno de los guionistas de la serie La Casa de Papel (a la que le sobran disparos y metralla) y en la que se definía como un hijo de los de abajo, un niño de la educación pública con una madre que se dedicaba a coser y un padre taxista.

Ayer, cuando entregaban las medallas de Extremadura, recordé esas palabras mientras recibía el premio el instituto público en el que estudié los últimos cursos del bachillerato y que, como casi todo el mundo estará de acuerdo, son los años clave para definir los caminos que una persona va a recorrer, aunque la experiencia nos dice que las bifurcaciones y los giros de guion en la vida pueden ser tan inesperados como los de la serie de moda. 

Hasta 1839 en Cáceres y 1845 en Badajoz no hubo una institución pública en Extremadura encargada de la enseñanza secundaria de los jóvenes. Ellas, las jóvenes, tardaron mucho más tiempo en tener acceso a estos niveles educativos y en los años 60 del siglo XX seguía habiendo una abrumadora mayoría masculina en los institutos extremeños. Tal vez sea porque la historia de la región se construía a base de exclusiones, tanto por razón de género como de clase. Todos los estudios indican que el poder adquisitivo y la formación académica y cultural de los progenitores es determinante para el éxito o fracaso escolar. Esa situación se agravó durante una pandemia en la que no todo el mundo tenía un ordenador por hijo, ni una conexión de fibra óptica de 600 Mb. En los últimos 40 años se ha avanzado y son muchas las personas que sí han conseguido formarse habiendo nacido en hogares humildes y sin recursos, pero también hay que recordar que lo siguen teniendo mucho más difícil que el resto y que las becas no cubren los gastos que supone desplazarse a vivir a otra ciudad.

Cuando a finales de julio supimos que el actual instituto Zurbarán de Badajoz era galardonado con la medalla de Extremadura por llevar 175 años enseñando, me dolió que se dejara al margen a ellas, a las alumnas del Bárbara de Braganza que se quedaron en el viejo edificio en 1962, mientras que ellos pasaban a disfrutar de uno amplio e impecable. No se podían repetir en 2021 las discriminaciones de aquella época oscura y misógina y hay que agradecer la rapidez con la que se subsanó todo.

Los tiempos han cambiado y ayer las dos alumnas con mejores expedientes de cada centro estaban en el acto de entrega de medallas. Hoy son ellas las que consiguen mejor rendimiento académico y demuestran mayor capacidad, pero siguen teniendo más dificultades para llegar a los puestos más destacados de la sociedad debido a prejuicios enraizados en muchas mentalidades.

Tuve la suerte de llegar al Bárbara de Braganza cuando lo hicieron mixto en los 80. Aprendí tanto de las profesoras y de las compañeras que allí conocí que incluso yo, que no creo mucho en las condecoraciones, sentí anoche que por fin se hacía justicia con las hijas de la educación pública. 

 

Publicado en HOY el 8 de Septiembre de 2021

 


 

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