Desde finales del año pasado he venido leyendo con atención en estas mismas páginas algunos textos sobre la bondad y la maldad de quienes habitan esta tierra extremeña. Comenzó Alonso de la Torre poco antes de las campanadas con una taxonomía ligeramente sarcástica de la extremeñidad fetén, mientras que Marce Solís le dio una vuelta al asunto con una irónica comparativa entre el extremeño “como dios manda y de toda la vida” frente a estas paisanas y paisanos blandengues carentes de la marcialidad imperante del momento.
Casi sin darnos cuenta estamos ya enfilando el final de este enero tan lleno de sorpresas. Además de observar con atención el proceso de negociaciones para gobernar la región, también hemos tenido que desempolvar los viejos atlas escolares para ubicar Groenlandia, preocuparnos por las mujeres de Irán, no olvidarnos de que el genocidio en Gaza prosigue y descubrir que los premios Nobel de la Paz se pueden realquilar o traspasar como si fueran el local de la esquina.
En este maremágnum nos encontrábamos cuando llegó a nuestras pantallas la imagen de una joven madre de familia siendo ejecutada cuando conducía su coche junto a su casa de Minneapolis. Y es entonces cuando a uno comienza a preocuparle para qué querrán los trumpistas más próximos llevar las riendas de la educación. ¿Acaso para reimplantar una nueva formación del espíritu nacional e internacional en el que quien tenga más fuerza, más armas, más músculo y menos reparos morales pueda hacer lo que le dé la gana por encima de consensos históricos y acuerdos internacionales?
En las escuelas no se debe adoctrinar de ninguna manera. No es el espacio ni el momento de inculcar nada sino de dar herramientas y conocimientos amplios para que cada niña y cada joven conozca de forma objetiva la Historia con mayúsculas y aprenda a respetar a todo el mundo sin excepciones. Por eso creo que nadie debería ignorar que existen Derechos Humanos, esos que se tuvieron que escribir tras una guerra con millones de muertos, holocaustos y bombas atómicas. Conocer esos treinta artículos y lo que suponen, la necesidad de que se cumplan de manera efectiva en todos los lugares de la tierra y que no discriminen a nadie, esa será la piedra angular sobre la que construir sociedades en las que todo el mundo pueda sobrevivir y nadie tenga que malvivir.
Se llamaba Renée Good la mujer ejecutada en Minneapolis. En la entrega de los Globos de Oro pudimos ver en las solapas de actores y actrices una chapa con dos palabras en inglés: “be good”. Además de una clara referencia a Renée, es también un alegato para que no nos dé vergüenza practicar la bondad, conocer nuestros derechos y no negárselos a los que son diferentes, a quienes tienen otro aspecto, han venido de lejos para huir de la muerte o sufren carencias de todo tipo.
No sé si en los próximos días estas páginas volverán a llenarse con más posturas intransigentes y divergentes o acabaremos encontrando un denominador común donde encontrarnos sin destrozarnos. Sigo pensando que la lectura comprensiva de lo que se aprobó aquel 10 de diciembre de 1948 nos vendría muy bien a todo el mundo.
Publicado en el diario HOY el 21 de enero de 2026

