01 octubre, 2005

La avalancha

La avalancha

Un vecino observó en el techo de su casa una mancha de humedad a la que no dio más importancia que la meramente estética. No tuvo problemas en tapar el pequeño desperfecto con un poco de pintura que tenía guardada. Días después tuvo que utilizar más pintura para disimular un extenso dibujo en la techumbre que parecía el mapa de África. Algunos vecinos le advirtieron de la necesidad de averiguar el origen de todos aquellos problemas pero el protagonista seguía confiando en unos tintes plásticos de última generación que resistirían cualquier contingencia. Poco después empezó a caer el agua a chorros al tiempo que los periódicos se llenaban de noticias de avalanchas humanas en Ceuta y Melilla. Al igual que quienes creen que vallas de seis metros de altura acabarán con el problema, del mismo modo que hay quien se niega a ver cuál es la causa de la huída masiva de seres humanos, nuestro vecino se fue a por más pintura impermeabilizante sin reparar en la posibilidad de arreglar las tuberías reventadas en el piso de arriba.

Huir de la muerte no es ninguna novedad: La historia está plagada de muros que la gente saltaba buscando una vida mejor, más digna, más libre o, simplemente, vida. Los que venían de Berlín oriental eran tratados como héroes y los que huyen de la guerra y el hambre en Sierra Leona son tratados como una plaga de insectos. ¿Será porque unos eran ingenieros rubios y otros analfabetos demasiado morenos?  Hoy podemos ir a por pintura o a cerrar el grifo del vecino de arriba, pero hace más de treinta años que se sabía que esto ocurriría y los gobiernos del mundo no han hecho ni un uno por ciento de lo que deberían haber hecho: Ni tan siquiera un 0’7%.

Javier Figueiredo

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