09 julio, 2012

Deudas y ofensas



Son pocas las veces que tengo que ir a misa y, desgraciadamente, asisto más a funerales que a bodas, bautizos y comuniones. Cuando escucho la liturgia me gusta poner a prueba mi memoria y adelantarme mentalmente a las palabras del oficiante. Caigo entonces en la cuenta de que durante mi infancia tuve que oír muchas misas enteras todos los domingos y fiestas de guardar, porque todavía me sé de carrerilla tanto las intervenciones del cura como las respuestas de los feligreses. Ahora me fijo más en el significado verdadero de cada expresión y no puedo evitar sonreír o indignarme, dependiendo del pasaje. Pero llega un momento en el que me quedo en fuera de juego: la oración que comienza evocando a nuestro padre ha sido modificada sustancialmente y ya no pedimos perdón para nuestras deudas. No. Ya no hay deudas, ni públicas ni privadas. Han sido sustituidas por ofensas y los deudores son denominados perifrásticamente como “los que nos ofenden”. Uno sale del templo con ganas de comenzar a teclear en su vida con ese comando tan útil que busca un término y lo remplaza por otro. Comienzas a pensar en frases como “tengo una ofensa hipotecaria con tal entidad” o “menganito me ofende unos cuantos euros que le presté”, y todo parece una recreación barata de Ionesco y su teatro del absurdo. Pero no lo es: uno ve el documental titulado Debtocracy, donde te hablan del concepto de deuda odiosa y del origen de la crisis griega, y llega a la conclusión de que obligar a pagar una deuda ajena e injusta es una manera de ofender muy gravemente. Quizá no iban desencaminados los que actualizaron el padrenuestro.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 9 de julio de 2012.

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