30 septiembre, 2013

Greenwich

Esta ciudad inglesa, que no he conseguido escuchar correctamente pronunciada en ningún medio de comunicación, ha vuelto a nuestras vidas. Hace unos años, cuando hablaba en conversaciones triviales sobre nuestro desfase horario y sus orígenes, había quien me miraba como si fuera un extraterrestre. Hoy todo ha dado muchas vueltas y ya pocos ignoran que nuestra desubicación se produjo en plena segunda guerra mundial, con dictadores innombrables como protagonistas.

Más de 70 años llevamos descolocados de nuestro lugar en el mundo, comiendo más tarde que nadie, cenando a las tantas, durmiendo una hora menos que el resto de los europeos, con una organización del tiempo caótica y desaprovechando las horas de luz de forma irresponsable. Ha pasado tanto tiempo que ahora hay buena parte de la población que no soportaría un cambio de horario y de modo de vida, a pesar de que hay mil argumentos objetivos que lo aconsejarían. Yo lo llamo pereza del error añejo, una especie de galbana colectiva para reconocer que se metió la pata en el pasado, y que admitirlo después de mucho tiempo es peor que perseverar en el despropósito. 


Y creo que esta nefasta actitud también se aplica a otros fallos históricos que padecemos, desde nuestra ordenación del territorio y el modelo productivo, hasta nuestros insostenibles sistemas de movilidad. Por no mencionar la terquedad de seguir rigiéndonos con elementos de una Constitución que está tan desfasada como una cinta de vídeo VHS. Necesitamos encontrar nuestros meridianos de Greenwich y no solo para el huso horario.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 30 de septiembre de 2013.

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