26 agosto, 2017

Veraneo en Badajoz


Hubo un tiempo en el que la gente no tenía vacaciones sino que veraneaba. Durante los meses del estío acompañábamos a mi padre, que estaba continuamente viajando de un lado para otro, al lugar de España en el que estuviera trabajando y así podíamos verlo más que de costumbre. Ya habíamos veraneado en diversos lugares de la cornisa cantábrica: me perdí con mi hermana en la playa de Gijón, recuerdo haber jugado en el parque de Santa Margarita de La Coruña y tengo vagos recuerdos de Zarautz. En el verano de 1972 a mi padre le tocó venir a trabajar durante varios meses a Badajoz y aquí que nos presentamos, tras recorrer novecientos quilómetros en un Austin-Morris azul, con una baca bien cargada y cuya sombra en la carretera abultaba mucho más que el propio vehículo.

En la víspera de aquel viaje mi padre me contó que atravesaríamos Madrid, la capital de España, y que veríamos rascacielos. Partimos muy de madrugada y a 15 kilómetros de casa me desperté y pregunté si estábamos ya en España,  en una confusión entre el nombre del país y el de su capital propio de quien no había cumplido seis años. Mi primer viaje hacia el sur se hizo interminable: coincidió con una operación salida y las colas para atravesar el centro urbano de Navalcarnero o de Talavera de la Reina se hacían eternas. Luego subimos el puerto de Miravete y acabamos llegando a una tierra llana donde el sonido de las chicharras hacían presagiar un calor que jamás habíamos sentido. Llevábamos las ventanillas bajadas para que entrara el aire, las piernas se nos pegaban a los asientos de eskay, no había sillitas ni cinturones de seguridad para ninguno de los tres niños y todo lo amenizaba una cinta de casete con los éxitos de aquel año, de los que mi memoria ha retenido el Song, Song Blue de Neil Diamond y una trepidante música precursora del tecno y que se titulaba Palomitas de maíz.

Aquel verano lo pasamos en un pequeño apartamento amueblado frente al seminario y fuimos descubriendo que veranear en Badajoz no iba a ser coser y cantar. Una de nuestras primeras aventuras fue ir a la tienda de ultramarinos de enfrente, en la que vendían chucherías, y volvernos con las manos vacías porque ni entendíamos lo que nos decían, ni nos comprendían a nosotros. Al poco tiempo ya nos hicimos con el acento y aprendimos que al regaliz rojo le llamaban brea y que aquellos sobrecitos con polvo de sabor a frutas no eran sidral sino refresco.

En Badajoz conocí los cines de verano, el que estaba en el barrio de la estación y el que se montaba en el ruedo de la plaza de toros, donde vi Los hermanos Marx en el oeste. También descubrí que era una ciudad sin piscina municipal (no hubo hasta 1983), algo que nos costó bastante entender porque ya era habitual en cualquier pueblo mediano de otras zonas de España. Aquí las piscinas eran casi todas privadas, con unos precios prohibitivos, y la única solución para la gente corriente era acercarse a un río donde miles de personas intentaban sobrevivir a unas altas temperaturas que solo se podían mitigar subiendo las escaleras mecánicas de Galerías Preciados.

Al final de aquel verano vi a Mark Spitz ganar siete medallas de oro olímpicas en un diminuto televisor en blanco y negro cuya antena semicircular parecía el halo de un santo.  Esa misma semana regresé a Monzón (Huesca) para cursar primero de EGB y todo hacía pensar que aquel extraño veraneo en Badajoz acabaría por ser un recuerdo vago, como la playa de Gijón o el parque de La Coruña, pero quiso el destino que a mi padre le ofrecieran aquí un trabajo menos nómada y más sedentario. Así que tras el verano siguiente nos vinimos para vivir durante un tiempo y comenzamos a huir de la ciudad en cuanto nos daban las vacaciones escolares.

Como canta mi paisana Amaral, esta tierra nos “ha ganado poquito a poco, tú que llegaste por casualidad”, y aquí hemos acabado asentándonos todos los miembros de la familia. Desde hace tiempo procuro repartir las vacaciones entre primeros de julio y septiembre y le he encontrado el encanto al veraneo en Badajoz, con sus silencios sepulcrales del puente de agosto. Ya hay dos piscinas municipales en la ciudad y la de mi barrio, aquel al que llegué un verano de 1972, sigue sin estar construida. Y va para largo. 


Publicado en el diario HOY el 26 de agosto de 2017 . 




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