29 noviembre, 2017

Centro de salud



Hace unos meses me contaba un médico veterano que los jóvenes profesionales de la medicina estaban más preparados que nunca para ejercer la profesión desde el punto de vista científico. Pero, a renglón seguido, me señalaba que esa enorme ventaja de conocimiento y de preparación tenía algunas pequeñas lagunas por el descuido de un elemento imprescindible, no solo ya para quienes se ocupan de algo tan importante como sanar a las personas, sino también para cualquier servidor público que ha de tratar con la ciudadanía. Me comentaba que no basta con recopilar todos los datos analíticos recogidos, diagnosticar e indicar el tratamiento desde el teclado de un ordenador, porque tan importante como la precisión, el acierto y la profesionalidad es, en muchas ocasiones, la humanización de los procesos: acercarse, preguntar, mostrar empatía, dar ánimos, quitar miedos y hacer saber que quien te está atendiendo es un congénere y no un perfecto robot.

Siempre tuve miedo de médicos y hospitales hasta que llegué a mi barrio. El primer centro de salud era uno en la carretera de Campo Maior que se caía a cachos, pero donde descubrí un interés del personal por los pacientes que no había visto hasta entonces. Además, se aprendía mucho en aquellos pasillos que simulaban ser una sala de espera, donde llegué a escuchar que las Cuestas de Orinaza iban a ser derribadas para construir allí una central nuclear. Luego nos hicieron un flamante centro de salud nuevo en el Parque de San Fernando y después reconstruyeron totalmente el anterior. Entonces tuve que elegir uno de los dos centros y preferí quedarme en el del parque, para poder seguir con la entrañable pediatra Mª Jesús, aunque eso suponía perder de vista a una magnifica médico de familia, que nos recordaba a la doctora Queen de una serie de los años 90,  y que tardaba el tiempo que fuera necesario para atenderte como es debido.

Así que nos acabó tocando un médico que no era nuevo en el centro pero sí para mí. Y un día me puse en la puerta de la consulta y escuché la conversación de las vecinas del barrio, que no hacían más que pisarse la palabra unas a otras y exclamar “¡qué bueno es Don Antonio!”. Así han pasado varios años y el viernes, cuando iba a vacunarme, encontré globos y carteles que daban las gracias a Don Antonio. Era su último día antes de la jubilación y los cuatro que estábamos a la espera permanecimos en silencio hasta que cada uno fue desgranando el aprecio que tenía por su médico de la sanidad pública, y por lo atento que había sido con cada uno de ellos durante años.

Imagino que entre los jóvenes galenos también habrá muchos que sí sabrán conjugar la enorme preparación con esa capacidad de escuchar y de transmitirnos sosiego que he visto en el personal del centro de salud de mi barrio. A veces lo excelente está más cerca de lo que pensamos.

Publicado en el diario HOY el 30 de noviembre de 2017 

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