02 mayo, 2018

Texto y contexto


Las posibilidades que nos dan las nuevas tecnologías para estar en contacto mediante mensajes instantáneos son, a priori, un logro de la civilización. Cada grupo de mensajería tiene sus virtudes y sus miserias porque los hay de todos los colores: de familiares cercanos, de la familia ampliada, de grupos de amigos, de compañeras de trabajo, de la asociación cultural, de la pandilla de la adolescencia, de las madres del colegio del niño y hasta de los vecinos del portal. Son muy útiles para transmitir información rápidamente a los destinatarios deseados, pero son absolutamente nocivos si se quieren usar como foro de debate o para conversaciones en las que hay que dilucidar algo importante.



Y es que el texto no lo es todo. Aquellas palabras que nos van apareciendo en la pantalla de nuestros móviles carecen de elementos fundamentales de la comunicación humana. No sabemos si las frases nos las dicen con voz suave o a gritos e ignoramos si los signos de interrogación, en el caso de que se pongan, encierran preguntas sinceras, retóricas o sarcásticas. Tampoco podemos adivinar si hay ironía en las afirmaciones y desconocemos si quien nos interpela tiene una mirada tierna o asesina, porque el lenguaje corporal, que suele ser más sincero que el verbal, está ausente. Una parte importante de los enfados o malentendidos que se producen de unos años a esta parte proceden de interpretaciones erróneas de un texto que hemos leído en la pequeña pantalla de nuestros móviles y del que no tenemos contexto. Si no tenemos en cuenta lo que acompaña o rodea a las palabras textuales podemos encontrarnos con que el mensaje recibido sea muy diferente de lo que el emisor deseaba expresar.



Desde hace casi una semana hemos asistido colectivamente un curso presencial e intensivo sobre las palabras consentimiento, intimidación, estado de shock, abuso, agresión y prevalimiento. A los que no sabemos de leyes nos cuesta entender el retorcido lenguaje de los juristas para explicar cosas relativamente sencillas. Una de ellas es que no es necesario verbalizarlo todo para enviar un mensaje, porque muchas veces una mirada, un gesto o la simple presencia sirven para explicar, atemorizar y quebrar voluntades. Ya sé que entramos en el terreno de lo subjetivo y que quienes tienen que impartir justicia necesitan documentos firmados y constancia de frases pronunciadas, que no les valen los silencios porque el refranero dice que callar otorga y a partir de ahí todo es posible.



No. Las personas normales no necesitan que les digan que no pueden hacer determinadas cosas. Basta con un poco de sentido común para entender los contextos que provocan que el pánico inmovilice cualquier reacción de autodefensa. Habrá que afinar mucho más en los textos de las leyes para que ningún magistrado pueda salir por peteneras, pero a la gente sensata no nos hacen falta 639 artículos para distinguir un abuso de una agresión: nos basta conocer los hechos probados y el contexto en el que se produjeron.

Publicado en el diario HOY el 2 de mayo de 2018 

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