Locura colectiva

Las costumbres pueden convertir cualquier insensatez en un rito alabado por todos y, a la vez, al más cuerdo de los actos en motivo para la reclusión en un sanatorio mental. Mi primera profesora de inglés, una australiana que llegó a Extremadura a finales de los años 70, pensó que estábamos locos cuando nos veía comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. Es el mismo choque cultural que vieron mis hijos en Dinamarca, donde las bicicletas no se ataban con candado, nadie te pedía el billete en el transporte público o los abrigos se dejaban en perchas a la entrada de los museos, sin necesidad de un servicio de consigna donde te lo guardaran a buen recaudo.

 

Escuché a un antropólogo en la radio que afirmaba que la locura no dependía tanto de la acción estrambótica y descabellada que se te ocurriera, sino de la capacidad que tuvieras para que mucha gente la considerase normal. Imagino que en aquella aldea zamorana, en la que los quintos lanzaban una cabra desde el campanario, los chicos eran considerados gente sensata hasta que una mayoría fue entendiendo que debía prevalecer la dignidad del animalito por encima de las ganas de reírse de los mozos.

 

Me asustan las locuras colectivas, mucho más que las individuales. A éstas siempre hay posibilidad de tratarlas y de curarlas, pero de los disparates jaleados por las masas sí que hay que preocuparse. Desconfío de quienes idolatran al héroe deportivo aunque sea un maltratador, o de los que aman tanto su bandera que ven antes en el prójimo la condición de patriota que la condición de ser humano.

 

Alguien dijo que cada ciudadano se creía el mejor seleccionador de fútbol del mundo y ahora lo hemos extendido a casi todas las profesiones: viróloga, político, maestra o analista de relaciones internacionales. Mientras la ceguera por unos colores solo te haga subirte a las fuentes o volcar contenedores según tu equipo gane o pierda, lo podremos incluso sobrellevar. Las cosas se complicarán cuando, sin saber diferenciar un virus de una bacteria, creas que tienes conocimiento suficiente para dictaminar cuántos pueden juntarse en cada cena navideña, quién debe vacunarse primero, a qué hora es mejor cerrar el comercio y hasta qué hora podremos bailar tras tomarnos las uvas.

 

El aprendizaje se vuelve maduro cuando no necesitas probar en tus propias carnes aquello que están sufriendo otros. Un gag humorístico presentaba a unos cavernícolas acercándose al fuego. El primero que metió la mano en la hoguera salió dando gritos y el resto siguió imitándolo, porque solamente eran capaces de entender los aullidos del primero sintiendo lo mismo y con los dedos chamuscados. Así que quizá haya llegado el momento de abandonar la locura colectiva, de escuchar a los que ya han sufrido, a los que todavía están padeciendo, a quienes nos dicen que cuando pasas un mes entubado te olvidas de todo en absoluto, a quienes nos aconsejan unas fiestas muy distintas en 2020 para poder verlas, vivirlas y sentirlas en 2021. La sensatez y la cordura colectiva no se inyecta ni se vende en farmacias, pero ahora mismo es la medicina que necesitamos con más urgencia.

 

Publicado en el diario HOY el 2 de diciembre de 2020 




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