Calcular dimensiones


Llevamos casi 20 años manejando euros y todavía hay quien necesita traducir a pesetas las grandes cantidades: no les digas que un piso cuesta 180.000 € porque solo se harán a la idea del precio cuando se lo traducen a 30 millones.

Desde que el volcán comenzara a echar fuego, hemos ido aprendiendo a medir la velocidad de la lava en metros por hora y a equiparar el islote formado con el parque del Retiro o el estadio Bernabéu, dando por supuesto que todo el mundo calibra bien esos lugares, ya vivas en Almería o en Finisterre.


Hace años vi un libro escolar infantil en el que cada imagen novedosa aparecía junto al dibujo de algún objeto cotidiano, ya fuera un lápiz o un paraguas, y que servían de referencia para conocer su dimensión real. Así se evitan sorpresas como las de esos chavales urbanitas que visitan una granja-escuela: todos se quedan de piedra al ver que las vacas son mucho más grandes que los dálmatas y que no llegan a acariciarles el lomo ni subiéndose a una silla.

Esta pérdida de referencia de las dimensiones no es exclusiva de los más jovencitos. En realidad, estos problemillas de percepción son una anécdota graciosa cuando la cuenta un niño de Chamberí tras volver de un campamento en Las Villuercas, pero se convierten en preocupantes si las sufren adultos con grandes responsabilidades políticas, sociales o mediáticas.

El más común de los errores es el de minimizar el alcance de realidades constatables debido a que no quieren o no pueden entenderlas: “mi primo me ha dicho que el cambio climático no existe” o “no malgastemos dinero en cooperación al desarrollo porque África está muy lejos”. Luego son los mismos que se estremecen cuando las olas llegan a la puerta del chalé de primera línea de playa o cuando en ella desembarcan las pateras a las que se aferran personas que huyen de la muerte.

Pero hay otro problema común de cálculo de dimensiones: es el de los políticos que sobredimensionan el concepto que tienen sobre sí mismos. Hace poco una presidenta autonómica se extrañaba de que en Nueva York no se hablara mucho de su comunidad, y un alcalde se reclamaba descendiente directo de los visigodos anteriores al 711, a pesar de llevar un apellido de origen árabe como Almeida.

No hay vacuna que haga descender a la tierra a quienes creen que el centro del universo es la baldosa que están pisando. Quizá les convenga salir, escuchar voces ajenas a las de los aduladores que les hacen la corte y calcular sin autoengaños las dimensiones de la realidad.

De lo contrario, puede pasarles como aquella anciana de mi barrio en febrero de 2002, cuando nos empezaban a cambiar las pesetas por los euros. Ella pedía en las tiendas que le siguieran dando la vuelta en pesetas y era imposible convencerla de que se tenía que ir acostumbrando a las nuevas monedas. Como si fuera un político de esos que sobredimensiona lo propio, añadió por lo bajini: “Tú sigue dándomelo en pesetas porque aquí, en el barrio de la Estación, esto del euro no va a cuajar”. 

Publicado en el diario HOY el 6 de octubre de 2021 




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