19 junio, 2010

José Saramago


El 8 de octubre de de 1998 leí en el teletexto la noticia de la concesión del premio Nobel de literatura a José Saramago, y minutos después recibí la llamada de mi madre, que quería felicitarme y darme la noticia. Le di las gracias y comencé a hablar con una alegría e ilusión desbordante, hasta que me di cuenta de lo ridículo de la situación, puesto que el premiado no era yo, que jamás he escrito nada medio decente. Entonces comprendí que cuando premian a un escritor, los lectores asiduos recibimos también un pequeño galardón. Mientras veía las imágenes de José Saramago en el aeropuerto de Frankfurt, recordé aquella tarde del 27 de mayo de 1993, cuando me firmaba un ejemplar de Historia del cerco de Lisboa en la Avenida de Huelva de la capital pacense, apretaba mi mano y era interrumpido por Pilar del Río, que le daba la triste noticia del infarto de Julio Anguita. Desde entonces he ido leyendo sus libros y mentiría si dijera que todos me han gustado y apasionado. Como nos pasa a quienes tenemos debilidad por los postres, algunos nos parecen deliciosos y otros, sin negar su calidad, los encontramos demasiado dulces o de difícil digestión.

Para hablar sobre su vida, obra y milagros habrá voces acreditadas y a buen seguro que más de uno glosa su compromiso social y político por un mundo más justo.  Si en un asunto Saramago ha sido capaz de levantar polémicas es en torno a una especie de iberismo del tercer milenio que cada verano aparecía como una serpiente con la que rellenar los huecos de los periódicos. En más de una ocasión escribí sobre el asunto , preocupado por uno de los puntos de esa fusión ibérica que a Saramago parecía no inquietarle demasiado y que considero un escollo difícil de solucionar: una República Federal Ibérica podría suponer la desaparición en Europa de la cultura lusófona, porque no me imagino a un funcionario en Madrid hablando en portugués a un ciudadano, sino que el nuevo estado de las Españas (apelo al sentido originario del término) se fundamentarían en que cada uno en su casa puede hablar lo que quiera pero la lengua única, común, valiosa y verdadera sería el español, idioma que, para que no haya dudas, es mi lengua materna y la admiro e intento cuidar tanto o más que los que quisieran que desaparecieran las restantes lenguas peninsulares.
A pesar de que no me hayan llenado alguno de sus libros, aunque haya discrepado en algún posicionamiento político y me parezcan matizables algunos puntos de su estrategia iberista, Saramago va a ser uno de los más importantes intelectuales del siglo XX e inicios del XXI. Su capacidad para ver en los problemas de hoy la existencia de enfermedades mal curadas del pasado, es ya una escuela de analizar la realidad. Sus novelas nos han cambiado a muchos la manera de percibir muchos actos cotidianos de la vida: cada vez que entro en un centro comercial me acuerdo de A Caverna, cada vez que corrijo un texto me viene a la mente la História do Cerco de Lisboa, cada vez que a alguien no le arranca el coche en un semáforo pienso en Ensaio sobre a Cegueira, y siempre que me entero de una decisión estúpida y megalómana de un político recuerdo A Viagem do Elefante.

Cuando un escritor se muere, se va también algo de nosotros. A algunos nos queda el consuelo de poder releer su obra e imaginar qué habría dicho José ante cada una de las injusticias que se cometen en el mundo. Como dijo Ángel Campos Pámpano, Mientras pueda pensarte no habrá olvido.

3 comentarios:

Los viajes que no hice dijo...

Ese día (acabo de verlo: yo tenía 22 años) mi madre fue quien me dio la noticia: estaba en el salón, viendo la tele, y yo en el cuarto, escribiendo: "¡Olga, ven, que le han dado el Nobel a Saramago!".

Me alegré muchísimo. Nos alegramos muchísimo, las dos. No he vuelto a alegrarme así por un premio Nobel. Quizá si se lo hubieran dado a Delibes, pero eso nunca pasó.

Me has hecho pensar por qué nos pusimos contentas. Supongo que es porque Saramago es alguien de la casa.

edur dijo...

Gracias, Javi, por dejar esta entrada. También en afilalapiz hay una al igual que en muchos otros sitios del planeta.
Yo, desde que me enteré de su muerte llevo dos días que cada párrafo que leo sobre él, imágenes que veo o simplemente una mirada a la biblioteca y a sus libros me hacen llorar en silencio. Gracias Saramago. Nos quedan tus palabras y nos quedas tú: un compañero, amigo y maestro. Me quedo con las que parecen ser sus últimas palabras antes de morir “Até a amanhá”.

Puntos de vista y ... nada más dijo...

Gracias Emilio. Ya lo he leído, me lo ha enviado Antonio