03 junio, 2020

El color de la piel


Nunca habías pasado tres meses escribiendo sobre el mismo asunto. Fue uno de los comentarios que me llegaron tras mi último artículo y que me hicieron reflexionar sobre lo fácil que es seguir la corriente y hablar de lo que nos marcan en la agenda. La prioridad informativa era única hasta que un vídeo nos ha mostrado a un ciudadano de Minneapolis muriendo con el cuello presionado por la rodilla de un agente de la autoridad.

Y es que, mientras tanto, en casi todo el mundo las cosas seguían más o menos de la misma manera. Y habrían continuado igual si las imágenes de George Floyd no se hubieran captado y difundido.  Habrían sido como otras muchas de las que ya no nos acordamos. De la muerte de Breonna Taylor el pasado 13 de febrero ni nos enteramos y del caso de Philando Castile sabemos un poco más porque en 2016 lo mató un policía de Minnesota porque no le funcionaba una de las tres luces de freno. A pesar de las evidencias del vídeo y los testigos, un jurado blanco absolvió al policía.

Parece que hubiera pasado mucho tiempo desde que Kobe Bryant se estrellara en California. El color de su piel no era obstáculo para ser admirado como el más grande después de Michael Jordan, cuya tez oscura tampoco le impidió ser considerado un héroe. El musulmán nos da miedo si nos vende baratijas por la calle y nos rendimos ante él cuando le abren la puerta de la limusina en Marbella. Consideramos normal, en cambio, que otro magrebí duerma en una nave si luego nos recoge los pimientos bajo el plástico de El Ejido por 950 euros.

No voy a aburrirles con datos sobre el más miserable de los pensamientos humanos, aquel que hace creer a unos que su cuna, su estirpe, su formación, las posesiones de sus antepasados, el credo que profesan o el tono de su epidermis les hace ser más que otros. Pero sí que quisiera alertarles de la proliferación de partidos e ideologías que resquebrajan consensos que creíamos perennes. En diciembre de 2013 el mundo lloró a Nelson Mandela y pensábamos que no había vuelta atrás, que no era posible volver a tener sociedades segregadas, en las que te fueran pidiendo el carnet para ver si tu origen te permitía sentarte en el autobús, tener derecho a un ingreso mínimo vital o bañarte en una piscina pública. Hoy empiezan a surgir dudas por doquier.

Ayer me acordé de Ruby Bridges, aquella niña negra de ojos expresivos que con seis años fue a un colegio no segregado de Nueva Orleans, escoltada por policías federales porque los de allí se negaban a hacerlo. El resto de padres blancos retiraron a sus hijos y solo una joven maestra quiso enseñarle. Hoy esta historia de discriminación racista nos parece increíble, aunque me pregunto si persiste con otros formatos. Arrasar supermercados, aquí o allí, no servirá para solucionar ese problema tan extendido del odio y del exceso de violencia policial, pero la equidistancia no valdrá en estos tiempos que vienen: o se es antirracista o se es lo peor de este mundo.

Publicado en el diario hoy el 3 de junio de 2020

 

1 comentario:

Josefina Zuazu dijo...

Entre las bondadosas y hermosas verdades que conviven conmigo este confinamiento está un poema que dice:
Estábamos, estaban
sumidos en él tiempo.

Desvelalos,nostalgia.
Primavera,despiertalos.

Mi amigo Javier Agorreta siente muy sentidamente el simple, hondo y claro sentido ý sensibilidad, sensibilidad y sentido de esta sabiduría que trasciende las palabras y -"ainda mais"-los conceptos imperantes de otrora, de ahora y de después. Yo por ahora solamente le he acompañado para que soporte y aguante con paciencia y sin perder los nervios los cuidados y atenciones que -por su bien-le dispensó, dispensa y dispensare el personal al servicio de las "autoridades competentes" y su amplia red de colaboradores de todos los colores,incluido el arco iris y el malva.