09 septiembre, 2020

Contar y nombrar

Un buen amigo me lo comentó a primeros de junio. Él había visto una foto de Pau Donés, en la que vestía una camiseta con nuestro año de nacimiento, y me dijo algo en lo que ya había reparado: se está yendo gente de nuestra edad. Y eché la vista atrás y me di cuenta de que en poco más de un año había visto marcharse a una ex compañera de trabajo con cuarenta y pocos años; a Teresa, una de las mejores fotógrafas pacenses; a Julián, el escritor y editor cacereño que más hizo por la cultura; a la entrañable profesora de francés y la desgarradora carta de su hija Ana en este periódico; a Julia, la profesora de latín que siempre repartía alegría en cada encuentro; al marido de una periodista maravillosa, al de una amiga de la pandilla de quinceañeros y a una lista que, desgraciadamente, también pueden hacer todos ustedes.

Las cifras de las personas que han fallecido acaban por no significar nada. Hace unos días escuchaba en un podcast de radio nacional un excelente reportaje sobre la llamada gripe española y los millones que personas que murieron en apenas dos años. Si se hacía una comparación entre los 50 millones de muertos de 1918, en un planeta de apenas 1200 millones de habitantes, podríamos pensar que lo que estamos viviendo no es nada del otro mundo. La diferencia está cuando pasamos de contar a nombrar, cuando dejamos de sumar en una hoja de cálculo y comenzamos a recordar con nombres y apellidos a personas con las que hemos convivido y que nos han dejado.

El relato de este tiempo tendrá cicatrices muy difíciles de curar y quizá una de ellas sea la dureza del duelo y de las despedidas, sobre todo en unos momentos en los que era imposible reconfortar con abrazos y afecto a las familias. Morir en soledad y saber que alguien querido se debate entre la vida y la muerte, sin siquiera poder tenderle una mano, es una de las imágenes mentales más dramáticas de toda esta tragedia.

Por todo eso creo que no podemos permitirnos que la relajación de las costumbres, que las desbocadas ganas de salir de tantos meses de encierro, acaben convirtiéndose en nuevos brotes, nuevas hospitalizaciones y nuevos fallecimientos. Tanto esfuerzo colectivo no se nos puede venir abajo por las malditas prisas de volver a unas costumbres, las de antes, que deberíamos pensar en posponer. Siempre está en nuestra mano ser un poco más autoexigentes de lo que nos indican en los decretos. Y la mejor forma para convencernos es dejar de calcular tantas cifras y empezar a pensar en los nombres y apellidos de personas a las que queremos proteger para que sigan con nosotros. En ellas debemos pensar cada vez que nos quitamos la mascarilla o cuando nos juntamos por veintenas y sin respetar las distancias.

Mañana empieza un curso escolar lleno de incertidumbres. Muchas de ellas las seguiremos teniendo durante un tiempo, pero nos convendría no tener que arriesgar más de lo debido. Porque, como cantaba Pau Donés en su última canción, estar aquí vale la pena. Lo que más.

Publicado en el diario HOY el 9 de septiembre de 2020 


 

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